Almorzar con lo justo

A las 12:47 del mediodía, la fila de la cafetería ya daba la vuelta al pasillo. No era un día especial, ni había promoción, pero igual estaba llena. Delante de mí estaba una chica de Arquitectura, con planos enrollados bajo el brazo. No dejaba de ver su celular y hacer cuentas. Detrás, dos chicos de Comunicación discutían si pedir hamburguesa o irse por algo más barato. Al final, uno dijo lo obvio: “bro, no alcanza”.

Y es que, aunque nadie lo diga en voz alta, casi todos estamos jugando el mismo juego. La mayoría tiene un presupuesto que no pasa de los tres dólares, algunos incluso menos. Se nota en las decisiones mirar dos veces el menú, cambiar la gaseosa por agua, o directamente no pedir nada.

Un chico que estaba cerca mío solo compró un jugo. “Luego como en la casa”, dijo, como justificándose, aunque no parezca hay quienes prefieren aguantar hasta la tarde antes que gastar más de lo que pueden.

Cuando por fin me tocó, entendí por qué la fila avanzaba tan lento. No es que la gente no sepa qué quiere, es que está calculando. Vi el menú: almuerzos, combos, sanduches. Los almuerzos eran los más pedidos, eso era evidente, llenan más, rinden más, lo cual adquirí uno, mientras esperaba, miré alrededor. Algunos comían rápido, casi sin levantar la cabeza. Otros conversaban, pero igual con el plato vacío más rápido de lo normal. También estaban los que sacaban su tupper, comida de casa. Esos parecían más tranquilos, como si ya hubieran resuelto el problema desde antes.

En una mesa, alguien abrió una funda de comida rápida. El olor se sintió al instante. Varios voltearon. No por antojo, sino como con cierta resignación. No todos pueden darse ese gusto seguido.

Me senté con mi bandeja. El arroz estaba simple, el pollo normal, nada especial. Pero cumplía. Y eso, en la universidad, parece ser suficiente.

Pero esta vez no me apuré. Comí más despacio, mirando a los demás. Pensé que, aunque todos estábamos ahí por lo mismo porque toca, porque alcanza, porque no hay de otra también había algo más: una especie de costumbre compartida, casi silenciosa. Nadie lo dice, pero todos lo entienden.

Cuando terminé, no sentí que había sido solo un almuerzo más. Era parte de algo que se repite todos los días, sí, pero que también nos une en lo simple: resolver, como se pueda, lo básico.

Salí de la cafetería y la fila seguía creciendo.
Y por un momento, me quedó claro que no se trata solo de comer para seguir el día… sino de aprender a seguir, incluso cuando no alcanza.

Deja un comentario