Aprovecha la suspensión voluntaria de la incredulidad
En la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, donde la mayoría de estudiantes tiene entre 18 y 20 años y predominan las mujeres, hay algo más que define la vida diaria: el presupuesto promedio para comer es de 3 dólares y la comida más consumida… es la pizza de restaurante.
Ahora sí, entremos a la historia.
Juan, de 19 años, estudiante de Arquitectura, vive una realidad un poco distinta. Sus padres siempre le han dado todo: transporte, materiales y comida. Nunca ha tenido que preocuparse por precios. Para él, almorzar siempre ha sido sinónimo de platos bien servidos, sin mirar el costo.
Pero ese día algo cambia.
Tiene una jornada larga, olvida su lonchera… y por primera vez solo tiene 2 dólares en el bolsillo.
Al principio no se preocupa. Piensa como siempre:
“Seguro encuentro algo bueno”.
Dentro de la universidad recorre varios restaurantes, que es donde la mayoría de estudiantes va a comer. Ve menús, huele la comida… pero todos los precios están por encima de los 3 dólares, justo el presupuesto más común entre los estudiantes.
Ahí empieza lo impactante.
Por primera vez entiende que ese “promedio” del que todos hablan… no es casualidad.
Sale de la universidad. Afuera encuentra almuerzos más baratos, incluso de 2 dólares. Pero algo no encaja con su costumbre: arroz con pollo, menús sencillos, nada de lo que él suele comer
Mientras tanto, ve a otros estudiantes, muchos como él, de Arquitectura, comprando sin problema: algunos ajustándose a los 3 dólares, otros compartiendo pizza, la opción más popular.
Juan duda.
El tiempo pasa. Su hambre aumenta. Y su idea de “lo que debería comer” empieza a cambiar.
Al final, encuentra un pequeño puesto de comida: algo sencillo, económico y dentro de su presupuesto.
No es perfecto. No es lo que esperaba.
Pero funciona.
Y come.














Deja un comentario