Al mediodía, cuando el hambre ya no se puede disimular, Martín deja de mirar la pantalla del celular y empieza a hacer cuentas en su cabeza, tiene veinte años, estudia en la universidad y, como la mayoría de sus compañeros, su presupuesto no pasa de los tres dólares. A veces menos.
Camina por el campus viendo cómo todos están en la misma: filas largas en las cafeterías, grupos que se organizan para ver qué alcanza, otros que simplemente dicen que luego comen, aunque saben que ese luego nunca llega, martín no es el único. De hecho, casi todos los que lo rodean están entre los 18 y 23 años, y aunque estudian cosas distintas como comunicación, derecho, medicina, arquitectura, todos comparten el mismo problema todos los días: qué comer sin quedarse sin dinero.
Se detiene frente al menú. Hay almuerzos completos, pero cuestan más de lo que puede gastar. Piensa en una hamburguesa, en una ensalada, en algo rápido, pero también sabe que eso tampoco siempre es opción. Mira su billetera otra vez. Tres dólares exactos.
En una mesa cercana, una chica abre un recipiente con comida traída de casa. Al lado, dos chicos comparten un almuerzo de cafetería. Más allá, alguien solo toma agua. Martín observa todo eso y siente que la universidad no solo es un espacio de aprendizaje, sino también un lugar donde cada quien resuelve como puede algo tan básico como comer.
El hambre empieza a pesar más que las dudas. Finalmente, decide ir por una rebanada de pizza de 2 dólares, no es lo que más le gusta, pero es lo que alcanza. Mientras espera su turno, escucha conversaciones parecidas a la suya: ¿Cuánto tienes?, ¿Compartimos?, más tarde almuerzo, todas esas frases que se repiten como si fuera una rutina.
Cuando recibe la pizza se sienta solo en una banca. Da el primer mordisco sin mucha emoción, pero con alivio. Esa pizza no es solo comida, es una especie de solución momentánea. Martín sabe que mañana será lo mismo, la misma cuenta, la misma duda, la misma caminata entre opciones limitadas.
Y en ese pequeño momento, entiende algo que antes no veía tan claro, y es que en la universidad no todos viven la experiencia de la misma forma. Mientras unos eligen qué quieren comer, otros simplemente ven qué pueden comer, y aunque parezca algo simple, ese detalle también marca la vida diaria.
Martín termina su almuerzo rápido, se limpia las manos y vuelve a clases. Como todos. Como si nada. Pero con la sensación de que a veces estudiar también es aprender a sobrevivir.













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