Elisa ha convertido la Universidad Católica su casa desde el año pasado, ahora va por su segundo semestre de Arquitectura, la carrera que siempre soñó desde que estaba en el colegio. Aunque ama la profesión que ha escogido, eso no evita que le resulte complicada al momento de estudiar, por lo que dedica muchas horas de su día a estar en la universidad entre planos y maquetas. Casi todos los días se ve obligada a comer dentro de la universidad o en sus afueras; los dorilocos del Café Aurelio son de sus favoritos, pero en ocasiones se salen de su presupuesto.
Hoy Elisa está teniendo un día complicado, su transporte se retrasó y ha llegado 20 minutos tarde a su clase; para la mayoría podrá no ser mucho, pero para alguien tan exigente consigo misma no puede pasar por alto. Luego de tres aburridas horas de clase con la ingeniera Tejada se le ha abierto el apetito, ha decidido ir a la segura y optar por lo que siempre suele comprar, los tigrillos de plátano verde y chicharrón del Coffe Cup.
Mientras en Quito caía una ligera llovizna, Elisa se dirigía a la cafetería pensando en lo que se iba a servir, incluso tenía en mente acompañarlo con un café que iría perfecto con el frío. Se acercó al mostrador y se percató de un gran problema: no traía consigo su monedero. Es uno pequeño, de color morado y con un bordado que dice Tonsupa; era un regalo de un viaje que tuvo su tía hace un año.
Elisa sintió un vacío inmediato. Recordaba claramente haberlo guardado antes de salir de casa. Revisó su mochila una vez, luego otra, sacando cuadernos, reglas y hasta una maqueta a medio hacer. Nada.
—Qué raro… —murmuró.
Estaba a punto de resignarse cuando, al levantar nuevamente la vista hacia el mostrador, lo vio.
Su monedero morado estaba ahí. Justo al lado de la caja registradora.
Por un segundo pensó que alguien lo había encontrado y dejado ahí, pero algo no encajaba: el bordado de Tonsupa estaba ligeramente húmedo, como si hubiera estado bajo la lluvia… aunque su mochila estaba completamente seca.
—¿Este es tuyo? —preguntó la chica de la cafetería, sin darle mayor importancia.
Elisa asintió lentamente, todavía confundida. Lo tomó entre sus manos y sintió un leve frío, como si no perteneciera del todo a ese momento.
Pagó su comida en silencio. Mientras se sentaba con su café caliente entre las manos, no pudo evitar pensar en una sola cosa:
no recordaba en qué momento lo había perdido… ni cómo había llegado hasta ahí antes que ella.













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