
Mateo no decide qué comer.
Eso es lo primero que uno entiende cuando lo ve caminar directo hacia la cafetería, sin mirar a los lados, sin dudar. Como si ya supiera el final antes de empezar. Y en realidad, sí lo sabe. Como él, 23 estudiantes prefieren almorzar en las cafeterías. Es lo más común. Lo más seguro. Lo probable.
La rutina es simple: salir de clase, hacer fila, pedir lo de siempre, sentarse rápido y volver a correr. Comer no es una experiencia, es una pausa obligatoria.
Pero ese día, algo le hace frenar. No es la fila. No es el tiempo. Es el bolsillo.
Revisa su dinero y no alcanza. Por primera vez, Mateo no puede entrar en lo probable.
Mira alrededor. Ve a los de la pizza 13 estudiantes que comen rápido y siguen. A los de hamburguesa 19 que se toman un poco más de tiempo. Y entonces ve a los otros. A los que casi siempre pasan desapercibidos.
Los del sánduche de dólar. Son 21.
Nunca había reparado en eso. Son casi tantos como los de la cafetería. Pero no ocupan mesas, no hacen ruido, no se quedan mucho tiempo. Compran, comen de pie o caminando, y desaparecen.
Mateo se acerca…compra uno.
El pan está tibio, el relleno es simple. No es lo que quería, pero es lo que puede. Se sienta en una grada, lejos del bullicio, y por primera vez observa.
Ve que no es el único.
Hay varios como él. Algunos solos, otros en grupo, todos resolviendo más que eligiendo. Incluso hay quienes optan por cosas distintas 8 estudiantes o los pocos que se animan por un ceviche, apenas 5. Opciones que parecen más lejanas, casi ajenas a la rutina diaria.
Mateo termina su comida rápido…Pero algo cambia.
No en el sabor, ni en el hambre. En la forma de ver.
Porque ese día entendió que en la universidad no todos comen lo que quieren. Muchos comen lo que pueden. Y eso no siempre se nota desde una mesa en la cafetería.
Al día siguiente, vuelve a la fila de siempre.
Todo parece igual…pero ya no lo es.













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