Decidir qué almorzar en la universidad no es solo una elección simple. Para muchos estudiantes, es un reflejo de su realidad económica, su rutina y las pequeñas decisiones que marcan su día a día.
A las 12:45 del día, en la universidad, el hambre empieza a ser protagonista. María, estudiante de Comunicación de 20 años, sale de clases pensando en lo mismo que la mayoría de sus compañeros: qué va a comer. Como muchos jóvenes entre 18 y 23 años, su rutina está marcada por horarios ajustados, tareas acumuladas y un presupuesto limitado.
Saca su celular, revisa su saldo y hace un cálculo rápido. No puede gastar mucho. No es la única: una gran parte de los estudiantes dispone de alrededor de 3 dólares para almorzar. Esa cifra, que parece pequeña, termina definiendo decisiones importantes todos los días.
Las opciones son claras, pero no siempre fáciles. Puede ir a la cafetería, que es lo que más hacen los estudiantes; comprar comida rápida, como hamburguesas o pizza o buscar algo más económico, como un sanduche o en algunos casos, simplemente no comer. Aunque muchos prefieren comida de restaurante dentro o cerca de las instalaciones, la elección no siempre responde al gusto, sino a la necesidad.
María camina con sus amigos por un buen rato, una de ellas propone hamburguesas, otro menciona el clásico sanduche de dólar. Las decisiones se toman rápido, casi sin pensarlo, pero detrás de esa rapidez hay algo más profundo: el tiempo y el dinero condicionan todo.
Finalmente, María decide comprar un almuerzo en la cafetería. Es práctico, rápido y le alcanza. Se sienta, come y por un momento todo parece estar bien. Tiene energía, se siente satisfecha y cree haber tomado una buena decisión. El problema, al menos por ahora, está resuelto.
Pero no era el final.
Horas después, en otra clase, el hambre vuelve. Esta vez, el dinero ya no alcanza. Mira a su alrededor y se da cuenta de que no es la única. Algunos compañeros también aguantan hasta llegar a casa, otros simplemente se acostumbran.
Ahí entiende algo que antes no había pensado del todo: almorzar no es solo comer, es administrar lo poco que se tiene. Es decidir entre el presente y lo que queda del día.
La universidad no solo enseña materias o prepara para una profesión. También enseña a sobrevivir en lo cotidiano, a tomar decisiones constantes, incluso en cosas tan simples como la comida.
Y al día siguiente, a las 12:45, la historia se repite.














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