El almuerzo de Sofía
Sofía tenía 19 años y estudiaba Arquitectura en la PUCE. Como muchos en la universidad, vivía corriendo entre clases, maquetas y entregas. Su día empezaba temprano y casi siempre terminaba con hambre.
Al principio del semestre, Sofía llevaba almuerzo desde casa. Pero con el tiempo, el cansancio le ganó. “Solo hoy compraré algo”, se dijo una tarde.
Ese “solo hoy” se volvió costumbre.
Cada día, al salir de clase, caminaba hacia el mismo lugar: el puesto del sánduche de dólar. Era rápido, barato y suficiente… o eso creía.
No era la única. La mayoría de sus compañeros hacía lo mismo. Algunos compraban hamburguesas, otros comían en la cafetería. Pocos llevaban comida de casa. Y había días en que algunos, simplemente, no comían nada.
—“No me alcanza”— escuchó decir a un chico una vez.
Sofía también empezó a sentirlo. Su presupuesto era de 3 dólares al día, como el de muchos estudiantes. Pero entre antojos y cansancio, ese dinero desaparecía rápido.
Una tarde, después de una larga jornada, se sintió mareada en clase. No había comido bien en todo el día.
Mientras intentaba concentrarse, recordó algo simple: cuando llevaba comida de casa, se sentía mejor. Tenía más energía. Pensaba más claro.
Esa noche, sin pensarlo demasiado, decidió intentarlo otra vez.
Al día siguiente, llevó un almuerzo sencillo. No era perfecto, pero era suyo.
Al mediodía, mientras sus amigos hacían fila para comprar comida, ella se sentó tranquila a comer.
Por primera vez en semanas, no tenía prisa.
Y tampoco hambre.














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