Comer rápido, pensar después

A Valeria le gusta sentarse en las gradas cerca del bar de la PUCE, porque ahí siempre hay algo que ver: gente entrando y saliendo y conversaciones que se cruzan. Tiene 20 años y estudia medicina. Su rutina entre clases es clara: buscar algo rápido, comer y seguir.

Ese día no tiene mucho tiempo. Solo quince minutos antes de la siguiente clase. Entra al bar, mira el menú sin pensarlo demasiado y pide lo más fácil: papas fritas y una bebida. No es la opción más saludable pero tampoco es algo que le sorprenda. Es lo que come casi siempre.

A su alrededor, la escena se repite, la mayoría de estudiantes elige comida rápida: hamburguesas, papas fritas, empanadas. Pocos pueden elegir algo más balanceado, y los que lo hacen generalmente traen comida desde casa. No es solo cuestión de gusto, también de tiempo y de lo que hay disponible.

Valeria se sienta y empieza a comer mientras revisa sus apuntes. No es un momento de descanso real, es más bien una pausa obligada. Come rápido, sin pensar mucho en lo que está comiendo, como casi todos en la universidad.

En otra mesa, un grupo comenta que le gustaría encontrar opciones más saludables dentro de la universidad. En otra, alguien dice que preferiría comer mejor, pero que no siempre alcanza el tiempo o el dinero, las conversaciones son distintas, pero el fondo es el mismo, y es que las decisiones sobre la comida no siempre son elecciones reales.

Valeria termina de comer, bota el envase y mira la hora, ya casi debe irse. Antes de levantarse, piensa por un segundo en lo mismo que ha escuchado tantas veces: que comer bien es importante, que debería hacerlo mejor, pero ese pensamiento dura poco, luego se levanta y vuelve a clases.

En la universidad, muchas veces, comer no es una prioridad, es solo algo que se resuelve como se puede, entre el tiempo, el dinero y lo que hay disponible. Y casi siempre eso significa elegir lo rápido, aunque después toque pensar en las consecuencias.

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