Seamos sinceros, el Centro Cultural de la PUCE no es precisamente el lugar más visitado del campus. La mayoría de las veces, si entramos ahí es porque nos mandaron a hacer alguna tarea de una clase o a cumplir con un deber. Pasamos por el frente todos los días corriendo entre las facultades e ignorando lo que hay adentro. Pero el otro día que entré a la exposición de las cartas históricas de personajes históricos de Ecuador me topé con una historia que me resonó mucho, la de Antonio Flores y me di cuenta de que nos estamos perdiendo de algo enorme. Cruzar esa puerta vale totalmente la pena, no por la nota del deber sino porque te desconecta por completo y te deja pensando en cómo vivimos el amor en estos días. Si lo miramos como una marca, la verdadera promesa de valor del Centro Cultural es que funciona como un refugio que te obliga a frenar y a procesar emociones profundas que el mundo moderno con tanta prisa nos ha ido quitando.

Cuando me acerqué a las vitrinas, me quedé un buen rato mirando la materialidad de los papeles, es rarísimo ver la textura de hojas gastadas por los años, los trazos firmes hechos con pluma y, sobre todo, un sello del Vaticano cosido directamente al documento. La historiadora nos contaba que era una dispensa papal de 1869, resulta que Antonio Flores, mucho antes de ser presidente del Ecuador, era embajador en Londres y se enamoró perdidamente de Juliet Morgan una chica de Nueva York cuyo hermano era el famoso banquero J.P. Morgan. Como él era católico y ella protestante, la religión era una pared gigante en esa época.
Para poder casarse, Antonio tuvo que pedirle permiso al mismísimo Papa, al final la historia se enredó entre cartas que cruzaban océanos, sospechas de que los trámites no avanzaban y chismes de una fiesta donde Antonio supuestamente negó conocerla para evitar el escándalo, al final la boda nunca se dio, por presiones familiares, Juliet terminó casada con otra persona y Antonio, años más tarde se casó con una mujer que murió tres años después y el nunca más se volvió a casar. Es impresionante ver como el amor se rompió pero las cartas sobrevivieron.
Lo que realmente me rompió por dentro y me dejó una tristeza enorme fue escuchar el contenido de la última carta de Juliet, estaba escrita en un francés elegantísimo, le confesaba varias cosas y entre eso, que había cubierto sus diarios de besos y lágrimas y le preguntaba con una vulnerabilidad que dolía, qué debía hacer con los regalos que él le había dado, porque no tenía el valor de separarse de ellos.

Mientras escuchaba esa traducción, me puse a pensar en lo desesperante que debía ser amar y romper en el siglo XIX. Hoy en día nos da ansiedad si nos dejan en visto por media hora, si tardan cinco minutos en responder un WhatsApp o si alguien sube una historia en Instagram y nos ignora, vivimos pegados al control de la respuesta inmediata pero Juliet mandaba esas palabras sabiendo que cruzarían el Atlántico y el Pacífico en barco, sin tener la menor idea de si Antonio las leería un mes después, tres meses después o si directamente ya la había olvidado por completo en Ecuador. Esa falta de inmediatez, ese silencio absoluto de meses donde no sabías si la otra persona seguía sintiendo lo mismo o si ya eras un fantasma en su vida me pareció una tortura emocional gigante, me dio una pena tremenda pensar en el peso de esa espera.
Y ahí fue donde me proyecté por completo, aunque estudio una carrera llena de entornos digitales, confieso que tengo la costumbre anacrónica de escribirle cartas a mano a mis ex cuando cerramos un ciclo, siempre lo he hecho por el peso real que tiene el papel. En nuestra era el desamor es efímero y desechable, un bloqueo, un chat archivado o un borrar para todos, todo desaparece con un clic. En cambio una carta escrita a mano te obliga a detener el cuerpo, a pensar cada palabra porque no hay un botón de eliminar y a mancharte los dedos con la tinta, el papel ocupa un espacio físico y guarda el tiempo exacto que le dedicaste a esa persona. Al ver la firma de Juliet, «tu devota y sincera Juliet Morgan» entendí que mi necesidad de escribir no es una locura aislada, sino un impulso humano ancestral, la urgencia de dejar una constancia física del amor cuando este ya no tiene un lugar en el mundo real.




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