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Maite Ramírez tiene 19 años, estudia Psicología Clínica y cada mediodía toma la misma decisión que miles de estudiantes: comer bien con lo que alcanza.

Era un miércoles cualquiera en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Maite Ramírez salió de su clase de la mañana con el estómago vacío y dos dólares en el bolsillo. No era la primera vez. Tampoco sería la última.

Mientras caminaba hacia la cafetería, repasaba mentalmente sus opciones, como hace todos los días: qué entra en el presupuesto, qué se ve más rendidor, qué la va a llevar hasta la tarde sin distraerla de las clases que le quedan.

Maite tiene 19 años y cursa el segundo año de Psicología Clínica. Su rutina universitaria no está hecha solo de teorías sobre la conducta humana y prácticas de escucha activa, sino también de una pregunta muy concreta que se repite cada mediodía: ¿qué puedo comer hoy?

La respuesta, casi siempre, tiene el mismo límite: dos dólares. Ese fue también el hallazgo más consistente de una encuesta realizada entre estudiantes del campus durante una clase de Branding Content. Recorriendo pasillos, jardines y comedores, los datos confirmaron lo que muchos ya vivían sin nombrarlo: las #preferencias alimenticias de los universitarios no las dicta el gusto, sino el contexto.

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El dato que se repitió

En la encuesta aplicada a estudiantes de entre 18 y 25 años en el campus de la PUCE, el promedio de gasto en comida fue de dos dólares. Una cifra pequeña que, en la vida cotidiana, lo condiciona casi todo.

En la cafetería, Maite revisa el menú con calma pero con criterio. Hay opciones que se ven apetecibles, completas, bien servidas. Pero algunas cuestan tres, cuatro dólares. Ella sabe que no puede elegir todo lo que quiere, así que elige lo que puede: un plato sencillo, suficiente, dentro del rango. No es resignación. Es una forma de gestión que ha aprendido sola, sin que nadie se la enseñara.

«A veces no es lo que más me apetece. Pero es lo que me permite seguir el día sin preocuparme por nada más.»

Mientras come, observa a su alrededor. Hay estudiantes con bandejas más llenas, con opciones que ella descartó al ver el precio. Por un momento, algo parecido a la incomodidad aparece. Pero Maite  que estudia precisamente cómo funciona la mente humana ha aprendido a reconocer ese pensamiento y dejarlo pasar. Compararse no suma. Adaptarse, sí.

Lo que la encuesta capturó en números, Maite lo vive en carne propia: la alimentación dentro del #campus no es solo nutrición, es una respuesta inteligente a las condiciones reales. Tiempo escaso, dinero limitado, jornadas largas. Los estudiantes no eligen al azar: priorizan, calculan, se adaptan.

Y en ese proceso cotidiano, aparentemente tan pequeño, ocurre algo que Maite empieza a nombrar con palabras propias de su carrera: autonomía. Cada decisión frente al menú es también una decisión sobre sí misma. Una forma de hacerse cargo, de conocerse, de crecer.

Al terminar su almuerzo, Maite guarda los centavos que sobran, recoge su mochila y vuelve a clases. No lleva solo apuntes y libros. Lleva también una lección que ningún syllabus incluyó: aprender a vivir con lo que hay, y encontrar en eso algo valioso.

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