Durante mi visita al Centro Cultural de PUCE en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador observé la exposición “Amor epistolar: enredos y cariño reflejados en cartas”, que narra la historia de amor entre Antonio Flores y Juliet Morgan, una pareja del siglo XIX que no pudo casarse debido a diferencias religiosas, presiones familiares y problemas de comunicación. Para contar esta historia, elegí la estrategia 86 de Urién porque esta historia se construye alrededor de un conflicto que hace más intensa y significativa la experiencia.
Un amor imposible entre cartas de Antonio Flores y Juliet Morgan
En la segunda mitad del siglo XIX, Antonio Flores, diplomático ecuatoriano e hijo de Juan José Flores, el primer presidente del Ecuador, conoció en Londres a Juliet Morgan. Ella era una joven estadounidense de 22 años, perteneciente a una poderosa familia de banqueros y de religión protestante. Antonio, en cambio, era católico y representante del Ecuador en Europa.
Entre ellos nació un amor profundo. Compartían conversaciones, regalos y cartas llenas de afecto. Sin embargo, existían un gran obstáculo: las diferencias religiosas, ya que pertenecían a religiones distintas. Para contraer el matrimonio que deseaban, necesitaban una dispensa especial del Vaticano. Antonio solicitó el permiso al Papa Pío IX. La dispensa fue concedida, pero el proceso se demoró y la noticia no llegó a tiempo. La familia de Juliet comenzó a desconfiar de Antonio. Su padre, Junius Spencer Morgan, nunca vio con buenos ojos el compromiso. Además, algunas personas aseguraron que Antonio había negado casar con Juliet.
La distancia, las dudas y la presión familiar deterioraron la relación. Al final, Juliet devolvió el anillo de compromiso y, con el tiempo después, ambos siguieron caminos diferentes. En marzo de 1871 ya estaba comprometida con otra persona.
Y a pesar de la ruptura, Juliet escribió una última carta muy emotiva dedicada a Antonio. En ella confesó que aún conservaba sus regalos y que deseaba guardar uno como recuerdo de los días felices que compartieron. Le pidió que no la olvidara por completo y firmó como “tu devota y sincera Juliet”.
Y como ambos siguieron sus vidas aparte. Antonio se casó en 1872 con una mujer católica y años después llegó a la presidencia del Ecuador en 1888. Juliet se casó con un primo lejano y se mudó a París.
La exposición “Amor epistolar” reúne cartas, retratos y documentos que permiten reconstruir esta historia. Al observarlos, entendí que no son simples objetos antiguos, sino son testimonios de un amor que no logró vencer los obstáculos de la religión, la distancia y las presiones familiares que entrelazan entre sí.



Lo que más me impactó de esta exposición fue la última carta de Juliet, porque demuestra que todavía sentía mucho cariño por Antonio. A mí me pareció triste que no pudieran casarse por diferencias religiosas y por la oposición de sus familias. Esta historia me hizo reflexionar sobre cómo el amor puede verse afectado por las circunstancias y las decisiones de otras personas.
Última carta de Antonio José de Sucre a su esposa Mariana Carcelén
Hay otra exposición que me acordé de otra carta muy conocida de la historia del Ecuador: la última carta que Antonio José de Sucre le escribió a su esposa Mariana Carcelén antes de morir.
Lo que más me llamó la atención de esa carta es la forma tan cariñosa y sincera en la que Sucre se dirige a su esposa. Aunque normalmente lo conocemos como un héroe de la independencia, en esta carta se puede ver su lado más humano. No escribe como un militar o un político, sino como un esposo enamorado que extraña profundamente a la persona que ama.
En una parte de la carta, Sucre le dice:

“Mi querida Mariana, te escribí el día 1ro por el correo y repito ahora por un extraordinario para saludarte, para decirte que te pienso cada vez con más ternura; para asegurarte que desespero por ir junto a ti; para pedirte que por recompensa de mis delirios, de mi adoración por ti, me quieras mucho, me pienses mucho…”
Y al final se despide con estas palabras:
“Adiós Mariana mía, quiéreme como te quiere… Tu, A. J. de Sucre.”
Cuando escuché la carta leída en voz alta por primera vez, pensé inmediatamente en la historia de Antonio Flores y Juliet Morgan. Aunque sus historias son diferentes, en ambas se puede sentir el amor, la nostalgia y el deseo de no ser olvidados. En la carta de Juliet también se percibe ese mismo cariño cuando le pide a Antonio que no la olvide por completo y le cuenta que todavía conserva los regalos que él le había dado.
En la carta de Juliet se nota que todavía guardaba mucho cariño por Antonio. Me conmovió cuando le pide que no la olvide y cuando cuenta que conservaba los regalos que él le había dado. Eso me hizo pensar que, incluso cuando una relación termina, los recuerdos siguen siendo importantes.

Creo que eso es lo más valioso de este tipo de exposiciones. Nos permiten ver el lado más personal de personajes históricos que normalmente solo conocemos por sus cargos o por lo que hicieron en la política. Al final, todos ellos también sintieron amor, tristeza y esperanza, igual que cualquier persona.
Después de visitar la exposición, entendí que las cartas tienen un valor muy especial. Aunque hayan sido escritas hace más de cien años, todavía pueden transmitir emociones y hacernos reflexionar sobre lo que significa amar y despedirse de alguien importante.



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