Amor epistolar

Entrar a la exposición “Amor epistolar” fue una experiencia muy curiosa. Si bien esperaba mucho más de la exposición, lo que pude observar y escuchar fue muy interesante. El lugar no era grande, era un simple cuarto de paredes blancas. Había vitrinas simples con cartas cuidadosamente colocadas y, detrás, algunos cuadros que acompañaban el relato. Las cartas parecían tesoros detenidos en el tiempo.

Estábamos alrededor de quince personas dentro del cuarto, pero todo se sentía silencioso, solo la voz de la guía contando la historia detrás de las cartas. Mientras caminaba entre las vitrinas, pensé en lo mucho que había que esperar para leer una carta. Cada carta exhibida representaba días o semanas de distancia.

Las cartas eran de Antorio Flores y Julieta Morgan, quienes tenían planeado casarse. Sus cartas estaban escritas de forma elegante y detallada. La caligrafía era perfecta y la forma de comunicarse unos con los otros fue lo que más llamó mi atención. Las palabras que usaban eran como si intentasen mantener viva la presencia del otro cuando no podían verse.

Lo más interesante de la exposición fue imaginar a las personas detrás de esas letras. Por un momento olvidé que las cartas eran simplemente documentos históricos y empecé a imaginarme toda la historia en mi cabeza, como si la estuviera viviendo en persona.

Me hubiera gustado no tener las vitrinas siendo una barrera entre mi y las cartas, porque desde lejos parecían solo papeles antiguos, pero mientras más me acercaba podía ver detalles pequeños, como las líneas de tinta en cada palabra y el color y textura del papel. El recorrido era sencillo, pero justamente esa simplicidad hizo que toda la atención se concentrara en la historia detrás, haciendo funcionar mucho más a mi imaginación.

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