Apenas entré al Centro Cultural de la PUCE, sentí que el silencio tenía peso. No era un silencio incómodo, sino uno de esos que obligan a mirar más lento. Las paredes llenas de cartas, imágenes religiosas y fragmentos de historias hacían que el recorrido se sintiera íntimo, como si uno estuviera entrando en recuerdos ajenos que, de alguna manera, también terminaban pareciéndose a los propios.

Mientras avanzaba entre las obras, pensé en la estrategia 85 de Urién: “Adapta la historia a ti y, si puedes, cuenta con pruebas”. La estrategia propone que el narrador no sea alguien distante, sino que use su propia voz, sus experiencias y su manera de ver el mundo para volver más humana la historia. Urién explica que las historias dejan de sentirse artificiales cuando pasan por el filtro personal de quien las cuenta. Por eso, durante la exposición, entendí que no bastaba con describir las obras; también debía relacionarlas conmigo y con lo que me hicieron sentir.

Lo que más me llamó la atención fue cómo la distancia aparecía constantemente en la exposición: distancia entre personas, entre recuerdos, entre la fe y la realidad, entre el pasado y el presente. Las cartas expuestas parecían intentar llenar esos vacíos. Me recordó a la manera en que hoy seguimos intentando mantener conexiones a través de mensajes, audios o fotografías, aunque todo sea más rápido y digital. Incluso fuera de la exposición, las cartas siguen siendo vistas como símbolos de intimidad y memoria emocional. (El País)
La estrategia 85 se aplicó en mi relato desde el momento en que decidí no hablar de la exposición como una observadora completamente externa. En lugar de limitarme a explicar qué había en las paredes, intenté conectar la experiencia con sensaciones personales: el silencio del espacio, la cercanía que transmitían los objetos y la sensación de estar leyendo fragmentos reales de vidas ajenas.

Urién también menciona que las “pruebas” ayudan a darle veracidad y fuerza emocional a una historia. En la exposición, esas pruebas aparecían en forma de cartas, fotografías, objetos y documentos reales. No eran elementos decorativos; funcionaban como evidencia de que detrás de cada pieza existió una experiencia humana verdadera. Eso hizo que el recorrido se sintiera más cercano y menos museístico.
Hubo un momento específico en el que entendí completamente la estrategia. Vi a varias personas detenerse más tiempo frente a ciertas cartas, leyendo lentamente, casi como si buscaran algo propio dentro de ellas. Ahí comprendí que la exposición no solo hablaba de religión o de relaciones a distancia, sino también de memoria y presencia. Aunque muchas historias pertenecían al pasado, seguían generando emociones en quienes las observaban.

Además de la exposición, el propio Centro Cultural de la PUCE también construía una identidad muy clara. El espacio no se sentía frío ni rígido; al contrario, daba la impresión de querer acercar el arte y las historias personales al público universitario. Esa experiencia hace que el Centro Cultural funcione como una marca cultural que busca conexión emocional más que simple exhibición.
Al final del recorrido, entendí que la estrategia 85 no consiste solamente en “hablar de uno mismo”. Se trata de convertir la narración en algo auténtico, donde la experiencia personal sirva para acercar la historia al lector. Por eso este relato no intenta ser un resumen neutral de la exposición, sino una experiencia contada desde mi propia mirada, utilizando también las imágenes tomadas durante la visita como pruebas reales de lo vivido.



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